Sentarse al lado correcto del vagón cambia el día. Busca asientos con ventanales, vagones clásicos de madera o modelos modernos con techos acristalados. Observa dentadas, contracurvas y viaductos de piedras centenarias. Un niño te preguntará por qué las nubes parecen lentas; responderás que aquí todo se desacelera, incluso la mirada, incluso los pensamientos más obstinados.
No esperes al final de línea. Muchas estaciones intermedias conducen a lagos secretos, praderas altas y bosques donde el silencio suena nuevo. Planifica paradas largas, meriendas en bancos soleados y pequeñas ascensiones circulares. Vuelve a subir después, con la certeza de haber habitado el lugar, no solo atravesado, y de haber regalado a tu memoria un rincón para siempre.
Explora pases regionales y descuentos por días consecutivos. Compra antes cuando convenga, pero conserva flexibilidad para el clima. Valida títulos, respeta zonas silenciosas, saluda al revisor y cede asiento con naturalidad. Estas cortesías, junto al orden de mochilas y bastones, crean un ambiente ligero donde los trayectos se sienten parte del paseo, no un trámite incómodo.